jueves, 27 de octubre de 2011

La espera.

En sus ojos se oye el reflejo de un soneto olvidado,
se adivinan los andares del tiempo.
Las canelas agrietadas, que aún miran con ganas,
ya no aspiran primaveras, espera. Lo sabe.
Con su jersey rojo y gris de lana. Espera.
Lee en su sillón, a ningún libro, a mí. Los ojos.
Para cuánto ha dado su vida, qué grande estoy.
Sonríe al ver mis alas, ojalá pudiera…
Pero la curiosidad ya no le mata.
La sabiduría se incorpora entonces en una aceptación apaciguada.
Se sustenta en su creación, le devuelvo la mirada.
Hay paz en esta guerra sin esperanza.
La despedida es triste. Lo sabe.
Un camino le lleva de vuelta a casa.
Se encuentra con su madre, la llama.

No sufras, ya está ahí, ya llega:
a cuidarte de los males,
a agarrarte para que no te pierdas,
a llevarte por los mares,
a liberarte de esas piedras.

Parece que alguien le lleva,
se desvanece su mirada,
y saber que todo acaba
…y no comprender nada.