martes, 19 de junio de 2012

Dientes.

Muerde los dientes
van navegando por el río
de peces inteligentes que nunca dicen nada
y anzuelos que silban.
Cuando pique la caña
tú serás el sumergido
cebo de tu propia locura, que galopa
por prados de un verde que jamás
hubiesen imaginado
los pobres peces que aún intactos sabios
nunca podrán dejar de ir a nado.

La naturaleza tiene sus caprichos
como encerrar en la crisálida
al que siempre fue gusano
y liberarlo mariposa.
La miel de las abejas no es para ellas,
y el ser humano,
que nació sin garras y erecto,
alberga en su interior toda clase de animales
que entre sí se intentan ocultar.
Quien nunca ha sido hombre-lobo,
ni gusano, ni abeja, nunca fue humano.
La misma evolución lo dice:
que antes de ser humanos
tuvimos que ser bestias.

A veces, luces.

Las veces que te mezclo no saben sustentarse en que de verdad no existes, yonquis atrapados en un intento de abstinencia, un ninfómano sin sida sin querer, un desvarío que se dispara y las putas frías que ni te miran al pasar; las voces en mi cerebro que ignoran a mi oído me hacen pensar que soy la única cuerda.

Las luces raras te difuminan cuando es de noche y ya voy borracha;
las ranas croam a lo largo de la laguna,
la puesta (en escena) del sol no se nota entre cuatro paredes oscuras - Cuando recupere la consciencia quizás sea araña -

miércoles, 30 de mayo de 2012

Terapia de choque.

Tranquilo, lo que le huele fuerte y amargo sólo es mi orgullo, no huya. Ahora, escuche con atención: para acabar con el mal olor y que todo suceda sin llevarnos un mal susto, debe coger usted esos guantes para el horno, evitarán las quemaduras. Bien, agarre fuerte al orgullo y con cuidado, que retuerce. Antes de que le dé tiempo a crecer, zambúllalo rápidamente en agua fría. El vapor durará unos instantes, depende de la temperatura ambiente. Cuando el humo haya desaparecido y el orgullo esté más relajado, añádale un poco de azúcar para endulzar y bajar la hinchazón, tres cucharadas. Preocúpese si al principio no da arcadas porque podría usted estar confundiéndose de paciente. Si cree haberse colado con la dosis y lo nota meloso, apaciguado o translúcido, diluya la disolución a base de cerveza.

Cuando haya reducido su tamaño a la mitad, sáquelo del agua, ya no olerá. Inyéctele la primera droga que tenga a mano que le haga abrir los sentidos. Poquito a poco se irá sintiendo más humilde.

Para acabar, y no dejadlo debilitado, oféndale, pegue y pellizque hasta que reaccione, hay que dejarlo rojo pasión pero clarito. Cuando se dé cuenta de que tiene la endereza suficiente para diferenciar entre por lo que vale la pena disputar, patalear, chillar y/o gruñir; y lo que no, la receta habrá sido aplicada con éxito. La fórmula durará en el tiempo y caducará sólo ante circunstancias externas extremas. Aunque para usted, que ya conoce las entrañas de este orgullo, no habrá ningún problema en dañarlo al gusto.

sábado, 26 de mayo de 2012

Eduardo Martínez Sosa

Cuando apenas las luces de las farolas lindantes a las aceras de sus pasos se reflejaban en los charcos de aquella oscura y solitaria calle, Eduardo Martínez Sosa se percató de la soledad innata del ser humano y no pudo evitar sentir ese incómodo escalofrío que comienza por la espalda y termina en la punta de los pelos. Atrás, en el tiempo, a dos calles, se despidió del amigo que varió su ruta para acompañarle un poco hasta su casa, no fue hasta unos minutos después cuando el silencio habitual de aquellas horas alimentó una angustia callada. Las risas, las discusiones, las miradas cómplices con Carlota que tanto le hipnotizaban, los momentos vividos permanecerán en su memoria hasta que el alcohol o simplemente el paso del tiempo y por último, la vejez, los maten para siempre. Y nadie ni nada le acompañará siempre. Julián, su mejor amigo de la infancia, siempre sonriente y soñador, se transformó a base de esfuerzo en un gran hombre de negocios, gran serio, algo cambió en él, ese algo los separó.-Meditaba Eduardo Martínez, consciente de que él tampoco dejo de crecer.- Martínez Sosa topó con la gran puerta roja que separa la propiedad pública de la privada. Más por inercia que por ganas, subió las escaleras hasta la puerta marrón a medio pintar del tercer piso a mano derecha, donde la propiedad se reducía ya a un único individuo. El ascensor llevaba tres días estropeado, aunque esto de poco le sirve saberlo a Eduardo, siempre le disgustaron esa clase de ascensores que parecen traídos de otra época, de los de puerta interna de madera plegable, olor a madera y acero viejo. Eduardo, más por aprecio a su vida que por deportista, nunca llegó a estrenarlo desde que decidió alquilar aquel piso en Lisboa.

domingo, 20 de mayo de 2012

Por el río, entre calles.

El sol se reposa, sobre el río que te mece, y las tenues luces van desvelando el romance de algún tiempo. Un recuerdo escondido, intacto, espera a que alguien sepa leerte las calles y traducirlas a prosa. Una que no mencione tu nombre, y que sepa a ti.

viernes, 11 de mayo de 2012

Negro, negro.

Todo sucedió demasiado rápido. Las luces, los colores, el verde chillón y hasta un negro, negro. La música de feria, los duendes que se me burlaban, las mujeres bailando provocadoras, aquel viejo fumando siempre en pipa, cuya bigote confirmaba que efectivamente, vivió en otra época. La noria, siempre dando vueltas, dando vueltas, dando vueltas. Las nubes eran de color de rosa y el cielo amarillo limón, las setas eran del tamaño de árboles, los árboles como arbustos y los arbustos eran de maría. La niña llorando con su globo rojo, sale corriendo tras la mano de su mami y me señala. Entonces me veo ahí. Apoyada en un columpio, con una botella de whisky en la mano, los bolsillos llenos de pastillas y sin poder moverme. Se acerca la niña, y me toma el pulso. Sólo podía ver su lacito rojo y unos ojos azules, que no eran de niña. Viene la madre y juega a columpiarse- duerme, duerme- me hipnotiza su balanceo y otra vez ese negro.

Lisboa.

Las malas mañas, los trucos premeditados y la eterna inocencia de la verdad. A qué juegas tú, Lisboa, con esa añoranza eterna de las novelas nunca vividas. Tu presente me sabe a hiel de otros tiempos, estancada entre ruas y tranvías. Tu melancolía aún deja entrever la rebeldía de lo que pudo ser y no fue. La suerte o la desgracia de ello para los turistas ya es otra cosa.