Entre humos y miradas se envolvió aquella noche de luz tenue y cerveza fría; entre calles estrechas con susurros y callejones, carcajadas espontáneas y lenguas indiscretas. Los pasos de agitaban, se cansaban, se paraban. En medio de la cuesta otro cigarrillo sobre sus labios rojos, que los movía al hablar, que los movía al fumar, que los quería al besar.
-Te hago cumplir un sueño si adivinas mi deseo, lo que no te digo es que el sueño puede ser también mi deseo.
Y como en un sueño se embobaba, la miraba, abría las pupilas, se notaba, no importaba. Qué iba a perder. Con los años y las canas el tiempo apremia y se aprende a saborear los buenos ratos. Tenía la sonrisa más bonita del mundo, era bailarina del local de Andrés, quería ser poeta, y él conquistarla con un soneto, que de un beso se enamorase, que por una mirada se quedase. Quería ser el príncipe de las historias bellas, de amor, de antaño, que preso de una vida de cristal y lujosos placeres, bajase a mezclarse con las gentes, conocer sus costumbres, observar sus quehaceres.
Poder ofrecerle a su nueva amada un desayuno en la cama y, tras el despertar del café, una vida en palacio. Ser bombero, piloto, poeta de miradas fijas, recorrer con un suspiro su cuerpo y que ella le elija.
Entre humos y miradas, miradas y risas, al terminar la cuesta, el taxi- la carroza de la amada real- y un beso en la mejilla. Sonaba la canción pop-rock de la emisora de radio, el portazo a la puerta del carruaje, el motor encender…y la estupidez de ni siquiera saber cuál era su nombre.
Así que el príncipe volvió a casa, apenas acertando con la cerradura, dejó las vestimentas, ojeó al tipo del espejo y durmió como un bebé. A la mañana siguiente todo parecía haber sido un sueño: amaneció con el carmín de sus labios en la mejilla…y con la sensación de haber vivido más en una noche que en todas las noches de su vida con su real princesa.
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