Tranquilo, lo que le huele fuerte y amargo sólo es mi orgullo, no huya. Ahora, escuche con atención: para acabar con el mal olor y que todo suceda sin llevarnos un mal susto, debe coger usted esos guantes para el horno, evitarán las quemaduras. Bien, agarre fuerte al orgullo y con cuidado, que retuerce. Antes de que le dé tiempo a crecer, zambúllalo rápidamente en agua fría. El vapor durará unos instantes, depende de la temperatura ambiente. Cuando el humo haya desaparecido y el orgullo esté más relajado, añádale un poco de azúcar para endulzar y bajar la hinchazón, tres cucharadas. Preocúpese si al principio no da arcadas porque podría usted estar confundiéndose de paciente. Si cree haberse colado con la dosis y lo nota meloso, apaciguado o translúcido, diluya la disolución a base de cerveza.
Cuando haya reducido su tamaño a la mitad, sáquelo del agua, ya no olerá. Inyéctele la primera droga que tenga a mano que le haga abrir los sentidos. Poquito a poco se irá sintiendo más humilde.
Para acabar, y no dejadlo debilitado, oféndale, pegue y pellizque hasta que reaccione, hay que dejarlo rojo pasión pero clarito. Cuando se dé cuenta de que tiene la endereza suficiente para diferenciar entre por lo que vale la pena disputar, patalear, chillar y/o gruñir; y lo que no, la receta habrá sido aplicada con éxito. La fórmula durará en el tiempo y caducará sólo ante circunstancias externas extremas. Aunque para usted, que ya conoce las entrañas de este orgullo, no habrá ningún problema en dañarlo al gusto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario