sábado, 26 de mayo de 2012
Eduardo Martínez Sosa
Cuando apenas las luces de las farolas lindantes a las aceras de sus pasos se reflejaban en los charcos de aquella oscura y solitaria calle, Eduardo Martínez Sosa se percató de la soledad innata del ser humano y no pudo evitar sentir ese incómodo escalofrío que comienza por la espalda y termina en la punta de los pelos. Atrás, en el tiempo, a dos calles, se despidió del amigo que varió su ruta para acompañarle un poco hasta su casa, no fue hasta unos minutos después cuando el silencio habitual de aquellas horas alimentó una angustia callada. Las risas, las discusiones, las miradas cómplices con Carlota que tanto le hipnotizaban, los momentos vividos permanecerán en su memoria hasta que el alcohol o simplemente el paso del tiempo y por último, la vejez, los maten para siempre. Y nadie ni nada le acompañará siempre. Julián, su mejor amigo de la infancia, siempre sonriente y soñador, se transformó a base de esfuerzo en un gran hombre de negocios, gran serio, algo cambió en él, ese algo los separó.-Meditaba Eduardo Martínez, consciente de que él tampoco dejo de crecer.- Martínez Sosa topó con la gran puerta roja que separa la propiedad pública de la privada. Más por inercia que por ganas, subió las escaleras hasta la puerta marrón a medio pintar del tercer piso a mano derecha, donde la propiedad se reducía ya a un único individuo. El ascensor llevaba tres días estropeado, aunque esto de poco le sirve saberlo a Eduardo, siempre le disgustaron esa clase de ascensores que parecen traídos de otra época, de los de puerta interna de madera plegable, olor a madera y acero viejo. Eduardo, más por aprecio a su vida que por deportista, nunca llegó a estrenarlo desde que decidió alquilar aquel piso en Lisboa.
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